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Una de moros y connotaciones

Una polémica recurrente en nuestra lengua, al menos en su variedad española, es la del nombre y adjetivo «moro/a». La polémica está en si la palabra ya tiene connotaciones peyorativas y no vale la pena intentar utilizarla sin ellas o, al contrario, es bueno seguir usándola y evitar el miedo a esas connotaciones, pues de lo contrario, piensan algunas personas, regalaríamos la palabra a quienes ya quieren ser despectivos. Sobre esto se ha dicho y escrito mucho –Arturo Pérez-Reverte probablemente sea quien más ruido ha levantado sobre ello en varias ocasiones, como sobre otros temas–, pero me parece que en parte se está cogiendo el rábano por las hojas.

Se ha convertido este en un debate a propósito de las intenciones, material viscoso que se le escurre a uno entre los dedos mientras intenta examinarlo. Al hacerlo, estamos perdiendo de vista la palabra en sí: ¿qué es moro o mora? Dejando de lado las conversaciones sobre historia, la primera y tercera acepciones de la definición que da el diccionario de la RAE son las habituales e interesantes en el presente, pero no hace falta ser experto en nada para ver lo que el académico cartagenero no ve, a saber: que esta es una palabra confusa. Nos explicamos: un moro puede ser un marroquí o incluso un argelino (remitiéndonos a la primera acepción, que tampoco es muy exacta y proviene de tiempos en que no existían los estados actuales) o un musulmán, pero no todos los marroquíes ni argelinos son musulmanes y la mayoría de los musulmanes, de hecho, no tiene ninguna relación particular con esos países. Para colmo, muchos hablantes españoles no tienen problema en utilizar «moro/a» como sinónimo de «árabe», aquellas veces que conseguimos que un hablante así se explique tanto como para sacar eso en claro –este es el momento de recordar que la aplastante mayoría de los musulmanes no son árabes, sino indonesios, bengalíes, etc.–. Entonces, ¿un árabe que no sea musulmán ni magrebí también podría ser moro?
Una gran confusión que, por supuesto, no se da sólo en este caso: en tiempos de las cruzadas, muchos europeos empezaron a utilizar «sarraceno» indistintamente como sinónimo de «musulmán» o para referirse a los nativos de una región árabe concreta y algo parecido sucedió entre los árabes con «europeo» y «franco», por los cruzados franceses.

En todo caso, con esta enorme mezcla llegamos al punto clave, que otros habrán vivido en sus carnes: el punto en que intentas aclarar si tu interlocutor habla de moros en sentido geográfico, religioso o cultural y te das cuenta de que él mismo no lo sabe. El caso de «moro/a» es sólo un buen ejemplo de algo que va mucho más allá: nuestra capacidad  de hablar, incluso sin dudas, incluso con toda rotundidad, de algo que no conocemos bien e incluso de personas… sin saber de qué personas hablamos. Un fantasma recorre la lengua: el fantasma del cuñadismo, de la frase tan tajante (en las formas) como floja (en el referente). Y, si hablar es fácil, tanto o más lo es callarse. Si hablar es humano, también lo es pararse a pensar qué es exactamente lo que uno está pensando, en quién está pensando. Al fin y al cabo, no hace falta ser un filósofo del lenguaje como Wittgenstein para saber que, de lo que no se puede hablar, es mejor callarse.

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