Los anglicismos más irritantes

Internet ha engendrado o fomentado anglicismos innecesarios. Dejando de lado las confusiones (¿en cuántas películas o series hemos leído u oído «definitivamente», como traducción de «definitely», en lugar de «claramente»?) y los calcos, no menos innecesarios (como «concretizar» en lugar de «concretar»), los anglicismos puros abundan. He aquí la media docena que un servidor encuentra más irritante:

slow motion -> en castellano paladino, «cámara lenta»

random -> cualquiera

[hacer] spoilers -> si bien en algún caso no tiene nada de malo el sustantivo, ya que puede ser útil por lo conciso (como en «Advertencia: contiene spoilers»), la mayoría de las veces alarga las frases innecesariamente, además de darles ese toque anglizado que suena más a provincianismo intelectual que a otra cosa («No hagas spoilers» en vez de «No la/lo destripes»).

hater -> criticón/ona, …

runner/running -> posiblemente la joya de la corona; podemos entender, aunque no nos guste, la concisión de «soy runner» frente a «salgo a correr» o «me gusta correr» y similares. Lo que no entendemos, además de llevar la brevedad hasta ese extremo, es la locución verbal que juramos haber oído y leído y que hasta alarga las frases: «hago running», «me gusta hacer running», etc.

selfie -> esta también compite por el primer puesto. Se suele oír en masculino, pese a ser un tipo de foto (femenino), molesto hecho que tiene que ver con la tendencia general del castellano a crear casi todos sus neologismos por defecto en este género. Lo peor no es eso, lo peor es que es un sustantivo hecho en y para una lengua como la inglesa, donde no existen los verbos pronominales, y lo estamos copiando en la nuestra, donde sí existen. «They took a selfie… », muy bien. «Se hicieron una foto… », aha. «Se hicieron un/a selfie… »; no, a ver, si os hicisteis una foto, ya se entiende que fue de vosotras mismas o mismos, no hace falta andar cambiando «foto» por «autofoto», «self-picture», «selfie», ni nada.

Y por cortesía de la casa… «vintage». Este es especial porque, antes de venir del inglés, fue un vocablo francés (de «vendange», vendimia, aunque más en el sentido de «añada, cosecha»). Como su origen le delata, aquí en España se oye mucho la pronunciación afrancesada /bin’taʃ/, bintash, lo cual tiene su gracia cuando se oye a los franceses, que lo consideran un anglicismo más, pronunciar /’vintidʒ/, víntidj. El sentido anglosajón, por cierto, era el de algo que es bueno, independientemente de ser antiguo o de ocasión, no por el hecho de ser antiguo, mucho menos por parecerlo… dado que se usa más bien en este sentido, el de algo de estética anticuada, ¿por qué no dejar el sencillo «retro»? Puede que también venga del inglés, y antes del francés, pero sigue siendo un prefijo latino, sencillísimo y con el que es casi imposible tener faltas de ortografía o pronunciación. Al menos, mientras estas no se pongan de moda.

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Hic sunt dracones

Por fin tengo el placer de decir que he publicado mi segunda recopilación de escritos: Hic sunt dracones. Es una antología algo más extensa y cohesionada que la anterior y consta de cinco relatos y un texto algo más inclasificable, en formato A5:

http://issuu.com/brunoteclea/docs/hic_sunt_dracones

Si alguien se anima a leerlo, ¡que le aproveche!

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La cima del abismo

Cuando empezó la última guerra, la Gran Guerra, la que arrastró a tod@s, las máquinas eran sólo parte del arsenal. No sólo las armas, equipos o vehículos, también los autómatas. Los aviones autotripulados, que reconocían, bombardeaban y ametrallaban, las lanzaderas que disparaban los misiles más contundentes, los vehículos –terrestres, acuáticos o anfibios– autodirigidos que, como tanques minimalistas, permitían entrar en cualquier edificio o espacio cerrado después de reventar lo que se interpusiera en el camino… todos eran parte del arsenal. Obedecían a ordenadores que los teledirigían sin necesidad de operadores: conocían sus tareas (reconocer tal lugar, neutralizar tal objetivo, ocupar tal posición) y sabían incluso buscar fuentes de alimentación para que nunca les faltara energía y repuestos para recuperarse de averías que no fueran catastróficas. Los ordenadores que las controlaban estaban bien programados para evaluar las variables y tomar toda clase de decisiones bien fundadas –sobre el cómo, el cuándo, el dónde y el quién– en lapsos de tiempo ridículos de puro cortos. Sabían, de hecho, cómo hacer que otros autómatas fabricaran nuevos vehículos y nuevos ordenadores para cubrir las bajas e, incluso, aumentar los ejércitos.

Cuando la guerra llegó a su culmen, cualquiera podía constatarlo: las máquinas no se rendían, no se quejaban, no se cansaban, no se suicidaban ni padecían de trastornos postraumáticos, sólo hacían planes inmediatos y los ejecutaban hasta el final. Para aquel entonces, por desgracia, ya no quedaba nadie para constatarlo.

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Historia de amor

Ella veía su propia imagen reflejada en un azulejo, en un rincón de la cocina, y recordaba: él y ella se conocieron en la universidad. En un principio, sólo se cayeron bien, pero, a medida que se fueron conociendo, se fueron gustando más y más. Cada uno de ellos encontraba al otro interesante en todos los sentidos: se resultaban simpáticos, inteligentes, agradables, atractivos, etc. Estuvieron saliendo durante meses y acabaron por gustarse mucho. En algún momento, perdieron la cabeza el uno por el otro y se enamoraron. Pasaban mucho tiempo juntos y hacían planes sobre su futuro inmediato. No se veían compartiendo su vida con otras personas, cada uno era todo el horizonte que el otro veía para sí y eso les hacía aún más felices, de modo que se casaron.

Disfrutaron con el viaje de novios y se pasaban el día entero besándose, haciendo manitas e incluso, cuando podían (y podían en muchos lugares, muchos momentos y de muchas maneras), hacían el amor.

Se llevaban bien con sus respectivas familias y con sus amigos, tanto los comunes, como los particulares de cada uno. Convivir juntos era una experiencia extraña, ya que no estaban acostumbrados, pero acabaron por hacerse a la convivencia, con sus roces y sus pequeñas alegrías. Querían tener hijos y enseguida tuvieron el primero. Él estuvo muy pendiente de que ella estuviera contenta durante el embarazo y no le faltara de nada. Compraron patucos para el bebé, eligiendo el color en función de su sexo.

Cuando nació, fue una gran alegría en el matrimonio y en las familias, le pusieron el nombre que más les gustaba y todos los familiares aprovecharon para sacarle parecidos. El bebé lloraba a todas horas y no se sabía por qué: a veces tenía hambre, a veces tenía sueño, a veces tenía gases, a veces, simplemente, no le gustaba la persona que había elegido cogerle en brazos. Les despertaba en medio de la noche, en medio de la siesta, en medio de un rato de descanso robado a los quehaceres diarios, les interrumpía mientras hacían el amor con sus llantos. Estaban atados por sus problemas: atados a una caprichosa personita, atados a la hipoteca, atados a sus trabajos, atados a las tareas domésticas.

Con el tiempo, el niño creció, pero, aunque no requiriera tanta atención, cada vez costaba más dinero mantenerlo y los salarios no subían tanto. Cada vez discutían más.

Pensaron que tener otro hijo sería bueno para el primero y les uniría más, sin embargo, fue una fuente de nuevas tensiones y, no sólo no estaban convencidos, sino que ella tenía la sensación de estar haciendo un sacrificio en vano. Cada vez se besaban menos, hacían menos manitas y hacían menos el amor. Otro caprichoso rey de la casa era lo que menos necesitaban: más tensiones, más discusiones. Se gritaban cuando discutían y, luego, pasaban minutos sin dirigirse la palabra.

Cada vez se sentían más ahogados, los sueldos no daban de sí lo suficiente y, para colmo, algún día, les avisaban de que el hijo mayor se había peleado con otros niños en el patio.

Ya sólo se daban algún beso en público, por compromiso, y nunca hacían el amor. Se insultaban cuando discutían y se miraban con odio. No se reprochaban sólo decisiones concretas, sino cualidades, rasgos, sus respectivas personalidades más o menos caricaturizadas. Un día, durante una discusión, él la abofeteó. Ninguno de los dos dijo nada. Simplemente, siguieron actuando como si nada hubiera pasado.

A medida que los problemas se les iban haciendo más y más pesados, aparecieron puyas más crueles, nuevas bofetadas, peores insultos, tirones de pelo. En alguna ocasión, le llegó a escupir.

A aquellos golpes siguieron otros, y cada vez fue peor. Le pegaba cada semana y, más adelante, casi cada día. Si la comida o el café estaban muy calientes, se lo arrojaba encima, para que lo comprobara por ella misma, decía. Él le gritaba que qué iba a hacer con ella, que estaba harto, pero ella no hacía ni decía nada, no sabía qué decir o hacer. Sus hijos se acostumbraron a oír aquellas escenas, aunque, normalmente, no las presenciaran, y a hacer lo que su madre: no decir nada, no hacer nada.

Ella se planteó suicidarse, lo deseaba, pero no quería hacer eso a sus hijos. No quería dejarles sin madre. Un día, después de que él le diera una de aquellas terribles palizas, ella murmuró algo. Le dijo que no podía seguir así, que le iba a dejar. Él intentó obligarla a rectificar, a retractarse de aquello: la llevó de un lado a otro tirándola del pelo, la estrelló la cara contra la pared y le pasó un cuchillo por la piel lentamente, pero no lo consiguió. Ella lo repitió: le iba a dejar. Él, ciego de ira, le ahorró el suicidio: le clavó el cuchillo dos docenas de veces.

Ella se desangró sobre las baldosas de la cocina, aquel azulejo a ras de suelo devolviéndole su imagen, sin piedad, mientras toda su vida pasaba ante sus ojos, y nunca se sabrá si no dijo nada porque no le quedaba vida con que decirlo o porque no sabía qué decir.

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En el eco de la memoria

La voz empieza como un murmullo, como de agua al correr, tal que si el Sena quisiera decir que su cauce llevó a decenas de asesinados aquel octubre del 61, que aún está empapado de ellos. Que no es un río bravo, pero se le puede escuchar en la prefectura de policía y más allá, que se le puede entender, pese a cierto acento argelino. Las olas del océano Atlántico, más bravas, se atreven a hablar más alto y repiten a cada choque de espuma los nombres de sindicalistas y agitadores que Gerardo Machado sirvió a los tiburones en Cuba, de los milicianos y manifestantes argentinos que tuvo que engullir mucho después por una «reorganización nacional».

La misma voz que hace preguntar a cada adoquín de Buenos Aires o San Miguel de Tucumán por más de 30 años de ausencias, que provocan esa voz y su quejido de desolación: «Faltan argentinos: ¿nueve mil, veinte mil, treinta mil… ? Faltan por miles, miles de ausencias paseándose por estas calles». Es la misma voz del viento, que ya no puede mover, tendida en las cuerdas, la ropa de casi un millar desde aquella semana de hace más de noventa años… viento que recita mil quinientos nombres entre los prados de la Patagonia, grabándolos en matas y árboles, en cada terrón del suelo y rayo de sol.

Pero aún crece más, se hace clamor, aunque amortiguado por las paredes, y se pregunta qué «razón de estado» es esa que queda tan cerca de Attica como de Carandirú, se pregunta si hay que matar siempre a las personas presas por decenas, pronuncia un nombre tras otro entre la arena y las peñas de Tazmamart, Badajoz, Paracuellos, Ezkaba, en los bosques de Buchenwald. Es una voz que se vuelve más ronca, alimentada con tantos disparos que huele a pólvora, que resuena con el tableteo de las armas automáticas escupiendo muerte en Marzabotto, Sharpeville, Kronshtadt, Kahramanmaraş o México D. F., recoge humo y cenizas manando de Treblinka, Mauthausen, Ravensbrück y Auschwitz, los sacude y los hace rugir en negras tormentas que agitan los aires, los retuerce como el metal y plástico abandonados en esos campos: aquí, unas gafas; allí, un empaste; más allá, un peluquín o una prótesis…

Y ya no es una voz, es el alarido de miles de voces extinguidas entre bombas en Gernika, Dresde, Ningbo y Changde, en Hiroshima, Nagasaki, Grozni, Fallujah, también la carne quemada, barrida por el fuego en Bologna, Moscú, Manhattan, Madrid o Bagdad; y ya no pregunta, levanta olas de indignación en cada mar y, en medio de un rugido de dolor, abre la tierra, muestra cada fosa común y libera el pestilente hedor de esa «razón de estado» manando de la carne podrida bajo la tierra seca de la Argelia francesa y de la independiente, de las foibe del Adriático y de la España más bien reciente, en medio del calor tropical de Camboya, Ruanda y Colombia, es el bramido atronador de un mundo que quiere vernos vivir antes de morir, que detesta el silencio si es de miedo y olvido, y no de auténtica paz. Parece hablar de eso. Es un bramido que hace callar trenes, aviones y volcanes, y cuesta un poco entenderlo, pero dice algo como «No habrá paz sin justicia». Algo como «El mundo será de todos sus habitantes o no será».

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Crónica en torno a Crónicas (cinco años después)

Un febrero de 2009 se presentó en Madrid –concretamente, en La MalatestaCrónicas del 6, la versión en castellano de Cròniques del 6. Era mi primera traducción publicada (aún lo es, aunque esto cambiará más temprano que tarde) y recuerdo que lo presentaba, naturalmente, David Fernàndez, flanqueado de dos señores que yo no conocía. Uno era Jorge del Cura, del Centro de Documentación contra la Tortura y el otro Javier Ortiz, a quien en cierto modo sí conocía.

Recuerdo cierta emoción por conocer al fin en persona a David, que había sido alguien con quien había cruzado unos cuantos e-mails, y recuerdo ser adoptado durante un rato por los ponentes y sus acompañantes, después de la presentación. Recuerdo vagamente un bar del barrio de las Cortes, que después he frecuentado más, y que alguien me invitó a unas ricas setas empanadas con allioli, no sé quién fue –uno no olvida una buena tapa, sea como sea–. En cualquier caso, lo que más grabado se me quedó, diría, fue Ortiz: sabía que había escrito para periódicos tan distintos como El Mundo, Público, CNT y Gara, pero no conocía, hasta que la oí de sus labios, la responsabilidad que había llegado a tener en el periódico de Pedro J. Ramírez ni su rocambolesco recorrido biográfico, entre lo político y lo personal. Me gustó mucho su intervención –cuya transcripción puede leerse aquí– y él me pareció un tipo afable, pero firme y con cierta dosis de necesaria mala leche. Tenía 60 o 61 años y estaba algo tocado de salud, aunque no recuerdo haber prestado mucha atención a esto último.

Algo más de dos meses después, me enteré de su reciente muerte y lo supe de su propia pluma porque Ortiz, poco dado a la ingenuidad, había ya escrito (y reescrito varias veces, dicen) su propia necrológica. Se trata de un textito elocuente y francamente divertido, el último artículo que le he tenido que envidiar. Si en el momento me supo mal la muerte temprana de J. O. –más de lo que se podría pensar, por reminiscencias personales que no hace falta explicar–, reconozco que, en lo estrictamente personal, pronto me sentí y me sigo sintiendo afortunado. Al menos, tuve ocasión de conocerle y escucharle y en eso, como en otras cosas, la vida se sobrepone a la muerte.

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Lecturas de otras lenguas: No présent

Una de los últimos libros no traducidos que he leído en francés es No présent, de Lionel Tran. Lo de «no traducidos» es provisional porque Periférica, que ya publicó la traducción de Laura Salas Rodríguez de la anterior novela de Tran, Sida mental, se dispone a hacer lo propio con No présent. No se asusten: son buenas noticias.

Puede uno tener la tentación de pensar que un libro que engancha al lector tiene que ser por fuerza banal, o que es necesariamente agradable por lo que cuenta o, al menos, que la acción va muy rápido, una trama llena de épica y de pequeñas intrigas que los personajes resuelven… y, de hecho, no.

No présentNo présent no entra en ninguna de estas categorías y, sin embargo, es francamente rápido de leer y, como lectura, difícil de dejar. Más aún, es una novela con base autobiográfica sin ningún interés por mirarse el ombligo. Ya se ha dicho que su contenido no es especialmente agradable de leer, pero no me pareció desagradable a un nivel visceral –como fue el caso, lo reconozco, con Sida mental, algunos de cuyos pasajes me provocaban verdaderos gestos de dolor–, ni mucho menos me da la impresión de buscar el asco del lector.

Una novela autobiográfica –al menos, una bien escrita– sabe a menudo cómo hacer sentir al lector cierta identificación con el protagonista y/o narrador. No obstante, esta identificación se basa frecuentemente en lo individual y esta vez estamos en, o cerca de llegar a, un mensaje colectivo e incluso generacional. El fondo de No présent, seamos sinceros, nos habla de algo que muchos conocemos bien: la dificultad para convertir los proyectos soñados en realidades concretas; nuestra tendencia, cuando intentamos no consagrarnos a nada, a consagrarnos a la nada. Son inquietudes infrecuentes, que no se encuentran en ningún programa o agenda, sean políticos o religiosos. Puede parecer, incluso, que alimentan esas actitudes conservadoras-nostálgicas que lloran a cuenta de los buenos viejos tiempos, pero no hay nada más lejos (como lo demuestra el resto del trabajo de Tran, tanto el colectivo como el individual). No nos dejemos engañar por la superficie de la cita de Hannah Arendt que abre el libro

La autoridad ha sido abolida por los adultos y eso sólo puede significar una cosa: que los adultos se niegan a asumir la responsabilidad del mundo al que han traído a los niños.

Más allá de las divisiones, a veces frívolas, entre cierta cultura politica de derechas y otra de izquierdas, de un supuesto conflicto entre libertad y responsabilidad del que olvidamos que no siempre ha sido percibido como tal, hay cuestiones importantes en este libro. No sólo es No présent una novela escrita con las entrañas y la cabeza, le hace a uno decirse que quizá la libertad no baste cuando es tan fácil ahogarse en ella, que tal vez el caos sea una apertura, pero que también hace falta definirse, elegir.

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